El barquito de papel

Arranqué las últimas hojas de mi mejor cuaderno, y me puse a fabricar con ellas un enorme barquito de papel.
- Mira, he construido un barquito de papel. ¿Has visto qué grande es?
- ¿Para qué, si no hay mar? No hace falta.
- Ya, pero había pensado que a lo mejor con él, podría salir en busca de tesoros para ti.
- Sí... perdona, me están llamando... Luego hablamos.
- (Tesoros para ti...)
Me costó meter el barquito gigante de papel en la parte trasera del coche, tuve que abatir los asiento, y pensé: qué bien, son abatibles.
Al llegar al puerto, unas horas después, todos los hombretones marineros y otros paseantes que había por allí se partieron de risa ante la poco imponente presencia de mi barquito, que era muy grande, pero no lo suficiente para ellos.
- ¡Con ese barquito no vas a llegar ni al peñasco aquel, el de allí!
Y comprobé que, efectivamente, había un peñasco, que era aquél, y que se encontraba justo allí.
Pero ¿qué podía importarme? Sólo me quedaba mi barquito, que para mí, tenía un tamaño descomunal.
Unos calamares me siguieron durante una parte del trayecto, sorprendidos al ver que un barquito de papel tan grande podía flotar con una persona dentro. Aproveché para desayunar: pesqué dos y los freí, y como no tenía pan, me hice un bocata de calamares sin pan.
El sol brillaba como las estrellas, allá en lo alto y me sentí chiquitito... de pronto, me vino una canción que no venía a cuento, y la estuve tarareando con suaves movimientos de cabeza perfectamente acompasados. Quizás fueron esos movimientos los que me hicieron ver que me encontraba solo en un mar enorme, inmenso, profundo, y lleno de tiburones.
Los tiburones sólo se alimentan de bañistas californianos, lo he visto en la tele. Aunque no entiendo por qué, tembloroso, me puse a canturrear la canción de los payasos. “Navegar sin temor, en el mar, es lo mejor”. Logré espantarlos, y por fin divisé la Isla del Tesoro, a la que ni siquiera había mencionado con anterioridad, con lo que los maestros de Estilo y Sesudos Lingüistas me censuraron desde sus cómodos sillones de cuero, por no saber escribir un mísero relato. Obvié sus censuras, como he hecho siempre.
Tiré de mi barquito de papel, que era grande como el sueño de un niño, hasta dejarlo bien resguardado en la arena, bajo un cocotero, desde donde un mono me hizo señas. Le seguí, y me llevó hasta un lugar marcado con una X, y señalado con un cartel luminoso que decía: “El tesoro está aquí”, en tres idiomas. Mi tremenda capacidad de deducción me llevó a pensar que el tesoro podría estar muy cerca. Llamé a Tele-Pala y en menos de media hora, me trajeron una pala de juguete y un cubo naranja de regalo. Unas sirenas quisieron tentarme con sus cálidas voces: “haz castillos de areeenaaa”, y aunque me apetecía mucho hacer castillos, pensé que lo que buscaba era un tesoro para ella, que probablemente estaría durmiendo a estas horas.
Cavé y cavé, y pensé que acababa de escribir una de las frases más feas de la Historia, y cuando acabé, pensé que había concluido con el peor juego de palabras de la Historia.
El Tesoro se encontraba a un par de metros de profundidad, era un enorme cofre tan pesado que tuve que pedir a unos cangrejos que me ayudaran a sacarlo. Me recriminaron un poco mi actitud en la ciudad, uno de ellos era primo lejano de otro que me había comido en ensalada, pero me perdonaron porque los cangrejos no son muy rencorosos.
Abrí el cofre y vi que en su interior, había efectivamente, un tesoro, un tesoro con tanto valor que jamás pensé que pudiera existir algo así.
Cargué el Cofre en mi barquito de papel, donde quedaba espacio para veinte cofres más, y emprendí el viaje de regreso, no sin antes despedirme de mis amigos, los cangrejos. La travesía fue mucho más corta, porque me sabía el camino y también porque estaba cansado de escribir.
Al llegar al puerto, los hombretones volvieron a mofarse de mí y de mi barquito de papel, que por ser tan grande y ante tanta inactividad, empezó a hundirse dándome el tiempo justo de retirar el cofre, con la ayuda de un marinero que comía espinacas. Si vas al puerto, puede que veas cómo descansa mi barquito en el fondo del mar.
Llegué a su habitación, y, efectivamente, estaba dormida, por cierto, era tan guapa... Coloqué el cofre a los pies de su cama, y esperé a que despertara, sin saber cuál iba a ser su reacción. Sonríe... debe estar soñando...
Voy a hacer un avioncito de papel.