10 octubre 2008

Le retour

Espero que siga lloviendo en París, como cuando dejé en el retrovisor un año y medio de existencia para regresar a Madrid; porque vuelvo, vuelvo dentro de ocho días. Y no creo que nada haya cambiado, esa es su magia, su maldición, y su encanto.


Pronto volveré a cruzar el Pont d’Arcole para tomar un café en L’Étoile Manquante, donde seguramente escriba, viendo pasar a la gente, alguna carta que puede no llegar jamás a su destino, como ya pasó; porque todo seguirá igual, porque todo sigue igual.

El Sena me mostrará su imagen más agresiva, la de finales de octubre, la del frío que se acerca, la del mal tiempo, la que me gusta.


Recorreré de nuevo algunas calles de Montmartre, haciendo de forma aleatoria -pero coincidente- la ruta de Amélie, el Café des Deux Moulins, el del Chat Noir, donde maullaré mi agonía en silencio. Soñaré que soy rico por un minuto en la Place Vendôme, mearé en el Café de Flore donde lo hacía Boris Vian, evitaré los Jardines de Luxemburgo que son como el Retiro pero en triste.


Quedaré con mi amigo Daniel en Les Halles, “ya sabes, tío”, en el Père Tranquille, y nos iremos tarareando en voz alta alguna canción del Último de la Fila hasta llegar a uno de esos lugares, escasos en París, donde se come bien sin tener que pedir un préstamo. Y Sophie llegará tarde, pero siempre sonriente.


Me gusta tanto que la gente sonría...


Divagaremos sobre asuntos banales y sobre verdades absolutas, tomando vino francés, que se pondría verde de envidia si hubiese a su lado un buen Riberita, o algún Rioja. Como Sartre, sentiremos la náusea de nuestra propia existencia, pero también, como Voltaire, convertiremos los asuntos serios en pequeñas metáforas cargadas de humor, sin perder toda la seriedad de la realidad, sin perder todo el humor de la infancia que sólo brota cuando estás con gente a la que quieres.


Tomaremos un cocktail en el Caveau de la Huchette, ¡al fin!, ahora que han arreglado el luminoso de neón y se puede leer el nombre completo, para regresar después al hotel viendo, al mirar por la luna trasera del taxi, el foco -desenfocado por el alcohol- de la Torre, y su reflejo en el agua, más turbio aún.


Espero que siga lloviendo en París, porque quizás sea bueno que algunas cosas no cambien.

Foto: Juanjo